A los cinco hice ballet con Georgette. La misma profesora que le enseñó a mi mamá y a mi tía, en frente de plaza de Vicente López. En la ventana que daba a la calle, había un vinilo en letras cursivas y doradas que decía su nombre. El tutú era solamente para las chicas más grandes, como el pelo largo o las bikinis.
Soy hiperlaxa, así que poner las piernas en la barra y estirarme hasta llegar a mi zapatilla de ballet rosa no era ningún problema para mí. En el recreo comía chizitos de Ketchup. Mi maillot era del mismo color que las zapatillas y los cancanes eran blancos. Teníamos diez minutos libres por clase para bailar como quisiéramos, mis preferidos. Ahí imaginaba que tenía puesto un tutú de cien capas y el pelo largo y suelto hasta la cintura.
Me gustaba ir de visita a los talleres del Colón y al Museo de Ciencias Naturales. Darme cuenta que los libros que veía desde mi asiento eran en realidad de mi tamaño y ver a las bailarinas que practicaban en el subsuelo me fascinaba. Pensar que arriba de ellas, de sus livianos arabesques y d eveloppés había una mezcla de cemento y asfalto con camiones ruidosos, pesados, que largaban humo negro. Un espectacular mundo subterráneo, lleno de tules y escenarios sin público.
También practiqué Aikido, recomendado por mi psicóloga. Pero golpear, el olor a colchoneta y mi profesora musculosa me incomodaban. Había una ideología que no entendía y cinturones de colores que no me importaba mucho tener. El uniforme era áspero.
De gimnasia deportiva lo que más me gustaba era la barra. Hacer la vertical arriba de ella, manteniendo el equilibrio, pensándome como una estrella de circo a quince metros del suelo, con los ojos pintados y maillot brillante Lo demás era en equipo, y cuando me dijeron que tenía que elegir otra disciplina que no fuera la barra porque yo no era prolija dejé de ir.
Expresión corporal, pintura, yoga, teatro, fueron lo que siguió hasta los dieciséis años.
Mostrando entradas con la etiqueta Mis Pies. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mis Pies. Mostrar todas las entradas
martes, 25 de octubre de 2011
viernes, 18 de marzo de 2011
domingo, 30 de enero de 2011
La reina de las tortugas
Es verano y vamos al río. En vez de ir al Pintos vamos a uno en el que no están nuestros conocidos. Al principio hay mucho hippie, pero bien al fondo hay una playa, la de las fotos de cuando éramos chicas, que desapareció hace ya varios años. Al lado de ella hay otra, en la que nos podemos sentar, y dejar el jugo de pomelo, las costillas y el vino.
Hace calor y en el Rio Quilpo siempre hay diez grados mas que en casa. Somos nosotras cinco mas un novio y Liam, el perro. Mientras Pedro trata de agarrar mojarritas con un vaso de plástico nosotras nadamos. Las Viejas del Agua son horribles, pero me auto convenzo que están cerca de las piedras, que sus bigotes no van a tocar mis dedos del pie y sigo nadando.
Mi mamá grita, es porque una cabeza se asomó desde la profundidad del agua y está segura que es una víbora. Lo grita: ¡Víbora Víbora! Dos cabezas mas aparecen. Yo me empiezo a reír, porque todas tratan de llegar a la orilla y los gritos son muy agudos. Mi tia me hunde la cabeza mientras trata de avanzar y a mi se me queda un alga pegada en el pelo. Salgo última mientras me trato de acomodar los triángulos de la bikini.
Las cabezas se estiran y nos damos cuenta que son tortugas. Las miramos un rato y seguimos con lo nuestro, mi primas toman sol, Pedro sigue con las mojarritas y yo grabo a Liam mientras juega en la arena. Pero mi mamá no se despega de la piedra donde está en cuclillas mirando a las tortugas. Grita: ¡Cuatro, cinco, seis tortugas!
Su euforia sube cada vez más de nivel y mientras las tortugas van avanzando se va convirtiendo no solamente en una de ellas sino en su reina.
jueves, 20 de enero de 2011
martes, 28 de diciembre de 2010
Abuela está internada, la cuidamos por turnos. Yo empiezo a tener manchas rosas en la piel. Me hacen acordar al arroz integral,.
Voy a una dermatóloga, me pregunta cinco veces la edad, grita un poco y repite la palabra urgente otras cinco veces. Cuando termina mi turno me voy a la confiteria.
Elijo la torta que voy a comer mientras recuerdo las claves:
1. El dulce de leche nunca va en la heladera
2. El lemon pie no se hace con leche condensada
3. La marquisse original no lleva dulce de leche y crema.
Pido torta de frutillas.
Las manchas están mas grandes. Dicen que hasta que no me hagan una biopsia no van a saber qué tipo de Púrpura es la que tengo. Me voy con Paz a mi casa.
Los papás de Paz se fundieron, les remataron la casa y como viven lejos ella se queda varios días conmigo.
Cocinamos juntas y nos comemos una caja entera de ravioles, inventamos salsas y ella siempre me trae alfajores con dulce de leche de postre.
Me pican las piernas. No puedo dibujar y estoy gorda porque tengo que comer carne y papa. Las manchas son como monedas. Cuando las siento me tengo que acostar y no moverme. No puedo subir sin ascensor, tampoco puedo ir al cine.
Paz tiene novio nuevo. Se llama Matías y vive por San Telmo. Es petiso y feo. Tiene un alfiler de gancho en la oreja y dice que es anarquista. Su nuevo mejor amigo parece un perro husky, pero no de los que tiran trineos, sino de los salvajes, los que muerden.
Paz ya no duerme en casa. Para poder verla trato de hacerme amiga de Matías y sus amigos. Se drogan en mi casa, yo pruebo y me siento mal. Todos dormimos en el piso.
Me internan y hay cinco estetoscopios en mi cuerpo. La enfermera está contenta que yo esté en su piso porque solo ve a gente vieja. Les pregunto si es necesario que me revisen de a tantos. Me dicen que en el hospital soy famosa.
El cuarto del sanatorio en el que está Abuela es grande. Aparte de su cama tiene un sofá cama, una mesa con tres sillas, una tele y un sillón francés con ese género de la misma nacionalidad que está de moda y estoy harta de ver por todas partes.
Voy a una dermatóloga, me pregunta cinco veces la edad, grita un poco y repite la palabra urgente otras cinco veces. Cuando termina mi turno me voy a la confiteria.
Elijo la torta que voy a comer mientras recuerdo las claves:
1. El dulce de leche nunca va en la heladera
2. El lemon pie no se hace con leche condensada
3. La marquisse original no lleva dulce de leche y crema.
Pido torta de frutillas.
Las manchas están mas grandes. Dicen que hasta que no me hagan una biopsia no van a saber qué tipo de Púrpura es la que tengo. Me voy con Paz a mi casa.
Los papás de Paz se fundieron, les remataron la casa y como viven lejos ella se queda varios días conmigo.
Cocinamos juntas y nos comemos una caja entera de ravioles, inventamos salsas y ella siempre me trae alfajores con dulce de leche de postre.
Me pican las piernas. No puedo dibujar y estoy gorda porque tengo que comer carne y papa. Las manchas son como monedas. Cuando las siento me tengo que acostar y no moverme. No puedo subir sin ascensor, tampoco puedo ir al cine.
Paz tiene novio nuevo. Se llama Matías y vive por San Telmo. Es petiso y feo. Tiene un alfiler de gancho en la oreja y dice que es anarquista. Su nuevo mejor amigo parece un perro husky, pero no de los que tiran trineos, sino de los salvajes, los que muerden.
Paz ya no duerme en casa. Para poder verla trato de hacerme amiga de Matías y sus amigos. Se drogan en mi casa, yo pruebo y me siento mal. Todos dormimos en el piso.
Me internan y hay cinco estetoscopios en mi cuerpo. La enfermera está contenta que yo esté en su piso porque solo ve a gente vieja. Les pregunto si es necesario que me revisen de a tantos. Me dicen que en el hospital soy famosa.
El cuarto del sanatorio en el que está Abuela es grande. Aparte de su cama tiene un sofá cama, una mesa con tres sillas, una tele y un sillón francés con ese género de la misma nacionalidad que está de moda y estoy harta de ver por todas partes.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Mi mamá conoce a Coco Chanel.
¿-Estás llorando?- me decía mientras flotaba, ahí, entre las aguas saladas.
-¿De verdad lo estás haciendo? Esas son lágrimas de reptil- me decía, mientras hacia “la plancha” en mi cuarto, que ya era casi una pelopincho.
-¿Estás pensando? Está mal que lo hagas. Pero que no lo hagas también.- me decía, mientras hacía una mortal y me salpicaba, haciendo burbujas con sus gruñidos, queriendo triunfar, auto coronarse.
-Está mal que no quieras, y que quieras también.- me decía mientras yo, parada hacía equilibrio sobre mi escritorio francés que flotaba.
-¿De verdad lo estás haciendo? Esas son lágrimas de reptil- me decía, mientras hacia “la plancha” en mi cuarto, que ya era casi una pelopincho.
-¿Estás pensando? Está mal que lo hagas. Pero que no lo hagas también.- me decía, mientras hacía una mortal y me salpicaba, haciendo burbujas con sus gruñidos, queriendo triunfar, auto coronarse.
-Está mal que no quieras, y que quieras también.- me decía mientras yo, parada hacía equilibrio sobre mi escritorio francés que flotaba.
martes, 9 de junio de 2009
En la basura, una cinta para el pelo
Solía ser chueca y creo que hay uno de mis pies que lo sigue siendo. Usaba plantillas y la relación con ellas era de amor-odio-odio, porque cuando me olvidaba de ponerlas en mis zapatos no sabía si estaba cómoda o si las extrañaba. Debe ser una percepción parecida a la de un preso cuando lo liberan.
Solía ser chueca y Agustina se ocupaba de remarcarlo en cada recreo durante toda mi primaria. No me gustaba caminar en frente de ella, así que en mi cabeza flotaba.
Un día dejé de usar plantillas. No se si es que ya no las necesitaba, o simplemente ya no las sentía como una extensión de mi cuerpo; lo único que se es que nunca me sentí “egresada del caminar”.
Solía ser chueca y Agustina se ocupaba de remarcarlo en cada recreo durante toda mi primaria. No me gustaba caminar en frente de ella, así que en mi cabeza flotaba.
Un día dejé de usar plantillas. No se si es que ya no las necesitaba, o simplemente ya no las sentía como una extensión de mi cuerpo; lo único que se es que nunca me sentí “egresada del caminar”.
miércoles, 11 de febrero de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


