miércoles, 16 de febrero de 2011
sábado, 5 de febrero de 2011
Fragmento

Por años, mientras Abuela juntaba cosmos por las montañas yo me dedicaba a juntar huesos de vaca. Tenía mi colección en la terraza. Mis piezas preferidas eran las cabezas, siempre habían como siete en una fila perfecta. Las vacas son distintas a los perros salchichas, no te demuestran amor.domingo, 30 de enero de 2011
La reina de las tortugas
Es verano y vamos al río. En vez de ir al Pintos vamos a uno en el que no están nuestros conocidos. Al principio hay mucho hippie, pero bien al fondo hay una playa, la de las fotos de cuando éramos chicas, que desapareció hace ya varios años. Al lado de ella hay otra, en la que nos podemos sentar, y dejar el jugo de pomelo, las costillas y el vino.
Hace calor y en el Rio Quilpo siempre hay diez grados mas que en casa. Somos nosotras cinco mas un novio y Liam, el perro. Mientras Pedro trata de agarrar mojarritas con un vaso de plástico nosotras nadamos. Las Viejas del Agua son horribles, pero me auto convenzo que están cerca de las piedras, que sus bigotes no van a tocar mis dedos del pie y sigo nadando.
Mi mamá grita, es porque una cabeza se asomó desde la profundidad del agua y está segura que es una víbora. Lo grita: ¡Víbora Víbora! Dos cabezas mas aparecen. Yo me empiezo a reír, porque todas tratan de llegar a la orilla y los gritos son muy agudos. Mi tia me hunde la cabeza mientras trata de avanzar y a mi se me queda un alga pegada en el pelo. Salgo última mientras me trato de acomodar los triángulos de la bikini.
Las cabezas se estiran y nos damos cuenta que son tortugas. Las miramos un rato y seguimos con lo nuestro, mi primas toman sol, Pedro sigue con las mojarritas y yo grabo a Liam mientras juega en la arena. Pero mi mamá no se despega de la piedra donde está en cuclillas mirando a las tortugas. Grita: ¡Cuatro, cinco, seis tortugas!
Su euforia sube cada vez más de nivel y mientras las tortugas van avanzando se va convirtiendo no solamente en una de ellas sino en su reina.
jueves, 20 de enero de 2011
viernes, 14 de enero de 2011
N (2009)
“Por ser hija de tu madre voy a hacer una excepción” me dijo. Y me puse contenta. Porque podía ser secretaria, estudiar gastronomía y por eso llevar tuppers al trabajo; a pesar de que “el lemon pie no me gustó nunca” me decía, mientras se cubría la boca con merengue italiano y crema de limón amarilla.
Toma mate cocido, y yo se lo sirvo en la taza que no tiene rajaduras, la pongo en un plato chico, y le doblo una servilleta de papel para que quede un triángulo isósceles perfecto. N. se sienta sin mirar el orden de los elementos en la mesa y come los alfajores que traje de Córdoba. No hay muchos, pero siempre se come tres seguidos.
Después de que puse todo a su disposición, y cociné para todos, N me dice que en el azúcar hay una mancha. “No lo vuelvas a hacer”.
Por momentos soy una de esas amas de casa de los años cincuenta, que espera a su marido con un delantal floreado (donde no hay evidencias de haber cocinado), la mesa con los platos calientes, y las velas a la misma altura.
Después me siento un poco mediocre, ser la pseudo mujer de un hombre que se parece mas a un mueble de madera vieja que a un esqueleto vivo no es mi vocación, de eso estoy segura. Escucho mi nombre amplificado por cinco parlantes: le duele el cuello, y yo tengo pulgares fuertes… le voy a ir a hacer masajes.
Cuando comemos todos juntos, N usa mi servilleta. Por qué, si yo acomodé la suya debajo de la cucharita que usó para mezclar el mate cocido después de endulzarlo. La agarra con su mano, que parece solamente puño y se raspa la boca con ella, haciéndola un bollo, dejándome la boca sucia con arroz, disfrutando de verme sucia. Así nunca voy a pensar que soy la secretaria ideal.
“Hoy le grito” me dije mientras lavaba esa desagradable taza de café llena de migas de galletitas de vainilla adentro. Sí, el moja la galletita.
Es gordo, viejo, tiene pelo blanco y cara de enano enfermo (aunque su altura no es tan baja su encorvadura es alta). Me grita indicaciones, porque como es mi jefe el lo puede todo, y me hace sentir que ser mujer es una desventaja. Una vez mas corro por el departamento de Galileo, entre colombianos, cueros, y gritos de un enano que aunque tenga los pulmones atrofiados tiene voz de gigante, que quiere que le alcance su celular. Se parece a un sapo, sentado sin poder emitir ruido de movimiento. A veces, cuando estoy de espaldas en mi escritorio y escucho moverse las patas de la silla se que está sentado moviendo sus manos para los costados tratando de rascarse en algún lugar que no llega; y hago que no escucho.
Si le doy un beso no se convierte en nada, y su lengua es lo único que se estira de el; pegajosa e hiriente. Su arma.
Aprendí a tomarme pequeñas satisfacciones con respecto a N, me robé una de sus lapiceras preferidas. Todo lo que el emplea tiene que tener su marca: una tira azul, blanca y negra. Según el, funciona como un alambrado eléctrico. Cuando me di cuenta que si la tocaba no sufría ningún efecto eléctrico, salvo el puro regocijo de estar quitándole algo a alguien que lo tiene todo y al mismo tiempo no tiene nada una vibración que nació en mi dedo meñique del pie se extendió hasta mi cabeza. Nunca fui de las que se animaban a pisarlos para verles las tripas salir por la boca, pero ¿por que no? es hora de aplastar sapos.
Desde su operación N tiene menos movilidad que antes, y lo que había adelgazado para entrar en la camilla lo engordó a la semana de haber salido del sanatorio.
Fue muy difícil conseguir su cuello. Lo trajeron de los Estados Unidos, porque el de acá lo lastimaba “me saca sangre, ¿ves?”. N no quería emitir un soborno para sacarlo de la aduana, está de mas decir que no tenía nada que ver con una cuestión moral. La plata le gusta gastársela en comida y en camas cómodas. Nos amenazaron: si no pagábamos nos rompían los cuellos.
Lo conseguí mintiéndole, es que ya no quería que me muestre mas su piel con rajaduras producidas por plástico.
Como no puede subir mucho los brazos porque le pesan me llama desde su escritorio. “¿Me ponés el cuello?”. Es el ortopédico de plástico el que quiere que le ponga, tocar su carne me daría dolor de panza. Tengo que tirar de unas cintas con velcro para que se enganche, le queda medio chico y le gusta apretado. A veces me dan ganas de probar y ver que pasaría si sigo apretando y apretando. ¿Hasta que punto seguiría su cabeza ahí pegada?
Toma mate cocido, y yo se lo sirvo en la taza que no tiene rajaduras, la pongo en un plato chico, y le doblo una servilleta de papel para que quede un triángulo isósceles perfecto. N. se sienta sin mirar el orden de los elementos en la mesa y come los alfajores que traje de Córdoba. No hay muchos, pero siempre se come tres seguidos.
Después de que puse todo a su disposición, y cociné para todos, N me dice que en el azúcar hay una mancha. “No lo vuelvas a hacer”.
Por momentos soy una de esas amas de casa de los años cincuenta, que espera a su marido con un delantal floreado (donde no hay evidencias de haber cocinado), la mesa con los platos calientes, y las velas a la misma altura.
Después me siento un poco mediocre, ser la pseudo mujer de un hombre que se parece mas a un mueble de madera vieja que a un esqueleto vivo no es mi vocación, de eso estoy segura. Escucho mi nombre amplificado por cinco parlantes: le duele el cuello, y yo tengo pulgares fuertes… le voy a ir a hacer masajes.
Cuando comemos todos juntos, N usa mi servilleta. Por qué, si yo acomodé la suya debajo de la cucharita que usó para mezclar el mate cocido después de endulzarlo. La agarra con su mano, que parece solamente puño y se raspa la boca con ella, haciéndola un bollo, dejándome la boca sucia con arroz, disfrutando de verme sucia. Así nunca voy a pensar que soy la secretaria ideal.
“Hoy le grito” me dije mientras lavaba esa desagradable taza de café llena de migas de galletitas de vainilla adentro. Sí, el moja la galletita.
Es gordo, viejo, tiene pelo blanco y cara de enano enfermo (aunque su altura no es tan baja su encorvadura es alta). Me grita indicaciones, porque como es mi jefe el lo puede todo, y me hace sentir que ser mujer es una desventaja. Una vez mas corro por el departamento de Galileo, entre colombianos, cueros, y gritos de un enano que aunque tenga los pulmones atrofiados tiene voz de gigante, que quiere que le alcance su celular. Se parece a un sapo, sentado sin poder emitir ruido de movimiento. A veces, cuando estoy de espaldas en mi escritorio y escucho moverse las patas de la silla se que está sentado moviendo sus manos para los costados tratando de rascarse en algún lugar que no llega; y hago que no escucho.
Si le doy un beso no se convierte en nada, y su lengua es lo único que se estira de el; pegajosa e hiriente. Su arma.
Aprendí a tomarme pequeñas satisfacciones con respecto a N, me robé una de sus lapiceras preferidas. Todo lo que el emplea tiene que tener su marca: una tira azul, blanca y negra. Según el, funciona como un alambrado eléctrico. Cuando me di cuenta que si la tocaba no sufría ningún efecto eléctrico, salvo el puro regocijo de estar quitándole algo a alguien que lo tiene todo y al mismo tiempo no tiene nada una vibración que nació en mi dedo meñique del pie se extendió hasta mi cabeza. Nunca fui de las que se animaban a pisarlos para verles las tripas salir por la boca, pero ¿por que no? es hora de aplastar sapos.
Desde su operación N tiene menos movilidad que antes, y lo que había adelgazado para entrar en la camilla lo engordó a la semana de haber salido del sanatorio.
Fue muy difícil conseguir su cuello. Lo trajeron de los Estados Unidos, porque el de acá lo lastimaba “me saca sangre, ¿ves?”. N no quería emitir un soborno para sacarlo de la aduana, está de mas decir que no tenía nada que ver con una cuestión moral. La plata le gusta gastársela en comida y en camas cómodas. Nos amenazaron: si no pagábamos nos rompían los cuellos.
Lo conseguí mintiéndole, es que ya no quería que me muestre mas su piel con rajaduras producidas por plástico.
Como no puede subir mucho los brazos porque le pesan me llama desde su escritorio. “¿Me ponés el cuello?”. Es el ortopédico de plástico el que quiere que le ponga, tocar su carne me daría dolor de panza. Tengo que tirar de unas cintas con velcro para que se enganche, le queda medio chico y le gusta apretado. A veces me dan ganas de probar y ver que pasaría si sigo apretando y apretando. ¿Hasta que punto seguiría su cabeza ahí pegada?
martes, 28 de diciembre de 2010
Abuela está internada, la cuidamos por turnos. Yo empiezo a tener manchas rosas en la piel. Me hacen acordar al arroz integral,.
Voy a una dermatóloga, me pregunta cinco veces la edad, grita un poco y repite la palabra urgente otras cinco veces. Cuando termina mi turno me voy a la confiteria.
Elijo la torta que voy a comer mientras recuerdo las claves:
1. El dulce de leche nunca va en la heladera
2. El lemon pie no se hace con leche condensada
3. La marquisse original no lleva dulce de leche y crema.
Pido torta de frutillas.
Las manchas están mas grandes. Dicen que hasta que no me hagan una biopsia no van a saber qué tipo de Púrpura es la que tengo. Me voy con Paz a mi casa.
Los papás de Paz se fundieron, les remataron la casa y como viven lejos ella se queda varios días conmigo.
Cocinamos juntas y nos comemos una caja entera de ravioles, inventamos salsas y ella siempre me trae alfajores con dulce de leche de postre.
Me pican las piernas. No puedo dibujar y estoy gorda porque tengo que comer carne y papa. Las manchas son como monedas. Cuando las siento me tengo que acostar y no moverme. No puedo subir sin ascensor, tampoco puedo ir al cine.
Paz tiene novio nuevo. Se llama Matías y vive por San Telmo. Es petiso y feo. Tiene un alfiler de gancho en la oreja y dice que es anarquista. Su nuevo mejor amigo parece un perro husky, pero no de los que tiran trineos, sino de los salvajes, los que muerden.
Paz ya no duerme en casa. Para poder verla trato de hacerme amiga de Matías y sus amigos. Se drogan en mi casa, yo pruebo y me siento mal. Todos dormimos en el piso.
Me internan y hay cinco estetoscopios en mi cuerpo. La enfermera está contenta que yo esté en su piso porque solo ve a gente vieja. Les pregunto si es necesario que me revisen de a tantos. Me dicen que en el hospital soy famosa.
El cuarto del sanatorio en el que está Abuela es grande. Aparte de su cama tiene un sofá cama, una mesa con tres sillas, una tele y un sillón francés con ese género de la misma nacionalidad que está de moda y estoy harta de ver por todas partes.
Voy a una dermatóloga, me pregunta cinco veces la edad, grita un poco y repite la palabra urgente otras cinco veces. Cuando termina mi turno me voy a la confiteria.
Elijo la torta que voy a comer mientras recuerdo las claves:
1. El dulce de leche nunca va en la heladera
2. El lemon pie no se hace con leche condensada
3. La marquisse original no lleva dulce de leche y crema.
Pido torta de frutillas.
Las manchas están mas grandes. Dicen que hasta que no me hagan una biopsia no van a saber qué tipo de Púrpura es la que tengo. Me voy con Paz a mi casa.
Los papás de Paz se fundieron, les remataron la casa y como viven lejos ella se queda varios días conmigo.
Cocinamos juntas y nos comemos una caja entera de ravioles, inventamos salsas y ella siempre me trae alfajores con dulce de leche de postre.
Me pican las piernas. No puedo dibujar y estoy gorda porque tengo que comer carne y papa. Las manchas son como monedas. Cuando las siento me tengo que acostar y no moverme. No puedo subir sin ascensor, tampoco puedo ir al cine.
Paz tiene novio nuevo. Se llama Matías y vive por San Telmo. Es petiso y feo. Tiene un alfiler de gancho en la oreja y dice que es anarquista. Su nuevo mejor amigo parece un perro husky, pero no de los que tiran trineos, sino de los salvajes, los que muerden.
Paz ya no duerme en casa. Para poder verla trato de hacerme amiga de Matías y sus amigos. Se drogan en mi casa, yo pruebo y me siento mal. Todos dormimos en el piso.
Me internan y hay cinco estetoscopios en mi cuerpo. La enfermera está contenta que yo esté en su piso porque solo ve a gente vieja. Les pregunto si es necesario que me revisen de a tantos. Me dicen que en el hospital soy famosa.
El cuarto del sanatorio en el que está Abuela es grande. Aparte de su cama tiene un sofá cama, una mesa con tres sillas, una tele y un sillón francés con ese género de la misma nacionalidad que está de moda y estoy harta de ver por todas partes.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
.
Mi cuarto es violeta y desde que lo pinté no se murió nadie, los colores pasteles, son asesinos.
Tuve una entrevista de trabajo, estaba desesperada por conseguirlo y le pedí a mi mamá que me diera suerte. Me mandó luz violeta. Mi vestido es violeta.
No me dieron el trabajo y me quedé sentada en el banco de una plaza de cemento, no me iba a arriesgar a estar cerca de las palomas. En el parque Thais no hay palomas, es porque hay muchos perros y gente loca.
Una vez mientras paseaba a Ty un hombre se acercó y me preguntó el nombre, me adivinó la raza, la suya era ovejero alemán. Dijo que como era cachorro todavía no se lo podía reconocer, pero que era bien puro. Tenía una necesidad insoportable de demostrar que era de pedigree; y me hizo acordar a esa amiga que le da vergüenza que sus novios conozcan a la familia. Él le llevaba a su pero agua por si le agarraba sed. El agua la tenia suelta en una bolsa, la bolsa en el bolsillo.
A los quince me enamoré de un paseador de perros mucho mas grande que yo. Cuando lo veía temblaba poco y trataba de tener la pollera de gimnasia puesta.
Por Violeta me enamoré de un saxofonista, dibujábamos juntos y yo quería llorar. Él escribía un cuento por cada dibujo, yo dibujaba para que se quedara con algo mío.
Quiero amor animal. Estoy convencida de eso, quiero rasguños, besos de lengua, que me tiren la puerta abajo y me coman la pared.
Tuve una entrevista de trabajo, estaba desesperada por conseguirlo y le pedí a mi mamá que me diera suerte. Me mandó luz violeta. Mi vestido es violeta.
No me dieron el trabajo y me quedé sentada en el banco de una plaza de cemento, no me iba a arriesgar a estar cerca de las palomas. En el parque Thais no hay palomas, es porque hay muchos perros y gente loca.
Una vez mientras paseaba a Ty un hombre se acercó y me preguntó el nombre, me adivinó la raza, la suya era ovejero alemán. Dijo que como era cachorro todavía no se lo podía reconocer, pero que era bien puro. Tenía una necesidad insoportable de demostrar que era de pedigree; y me hizo acordar a esa amiga que le da vergüenza que sus novios conozcan a la familia. Él le llevaba a su pero agua por si le agarraba sed. El agua la tenia suelta en una bolsa, la bolsa en el bolsillo.
A los quince me enamoré de un paseador de perros mucho mas grande que yo. Cuando lo veía temblaba poco y trataba de tener la pollera de gimnasia puesta.
Por Violeta me enamoré de un saxofonista, dibujábamos juntos y yo quería llorar. Él escribía un cuento por cada dibujo, yo dibujaba para que se quedara con algo mío.
Quiero amor animal. Estoy convencida de eso, quiero rasguños, besos de lengua, que me tiren la puerta abajo y me coman la pared.
domingo, 7 de noviembre de 2010
sábado, 6 de noviembre de 2010
Le muestro las montañas a mis amigas de Buenos Aires vamos subiendo y no me doy cuenta que ya casi estamos en la cima. Las chicas me avisan que de arriba sale humo, corremos. El humo es negro y por la barranca en contra nuestro viene una manada de unicornios blancos, hay uno gris. Yo me subo a ese, ni por destacarme ni porque me da pena, puro instinto animal. Mientras corremos las alas de el se vuelven mis alas, y ya no se que es gris y que es color piel, que es pelo y que es crin. Corro en cuatro patas, por momentos soy consiente de eso.
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