lunes, 4 de julio de 2011

Fragmento VI







Los hijos de los amigos de tus papás vana ser tus amigos. Primero los ves de lejos en el golf, después vienen a tu casa, o vas a sus cumpleaños sin conocerlos, así funciona. Los Schoklender eran tres hermanos de ocho, diez y once años. Sus padres les habían puesto ese apodo. Cada vez que venían a casa rompían las luces de la pileta, lastimaban zorzales y rompían flores. Yo me escondía atrás de los árboles agarrando a Mío cont odas is fuerzas. No quería que nos lastimaran. Mío se escapaba de mis brazos dejándome rayones cerca de las articulaciones, apenas gruñendo. Se lamía las patas mientras yo le agarraba su mejor oreja, la derecha, y le explicaba la situación. Me imaginaba que tenía poderes mágicos que funcionaban si hablaba en rima, y así me pasaba horas, escondida entre los cosmos.
Los Schoklender agarraban a su prima en la arena y le ponían jugo de mandarina en los ojos. Eran remolinos en el río, te agarraban los pies en lo profundo y chocaban las manos todo el tiempo. Tenían la boca siempre sucia, y después de comer una tostada se chupaban los dedos y volvían a agarrar otra. Eran ese pegote que no sale ni raspando con las uñas.